Ruinas en Ittiri. 

Hay algo treméndamente potente que me atrae en las ruinas. No sé qué puede ser… Me encantan las fachadas erosionadas por el tiempo sin temor a mostrarse decadentes, imperfectas, sufridoras y humilladas. Se presentan si vergüenza perforadas, curvadas por los años y por el abandono. Por el alternar de otoños, inviernos y veranos… Es como si exprimieran la sabiduría de la vejez, el testimonio de las décadas pasadas. Además guardan una gracia, esa gracia sublime, en el decidir desmoronarse justo en un punto, justo en el ángulo concreto, donando asimetrías armónicas y transformándose en polvo. Adoro en especial, aquellas ruinas de colores tenues, claros, con sobras de rojos antiguos… En Cerdeña tenemos algunas bellísimas. Entre ellas está la de la Abadía de Nuestra Señora de Paulis. Situada en la entrada de Ittiri, para aquellos que llegan desde Sassari. Se encuentra casi en la carretera, a la izquierda, bella e imponente. Se puede saltar la valla fácilmente y allí está, delante, inmersa en pura poesía.

L'abbazia di Nostra Signora di Paulis
Las ruinas
L'abbazia di Nostra Signora di Paulis
Las ruinas
L'abbazia di Nostra Signora di Paulis
Las ruinas
L'abbazia di Nostra Signora di Paulis
Las ruinas

Cuando descubrí en Ittiri la existencia de esta fantasía, se me vino a la mente una preciosa imagen de una película reciente, en la cual una mujer, con un traje de  esposa rico en velos que revoloteaban ligeros, desciende grácil la sutil escalinata de un edificio abandonado.

La abadía tiene una historia antigua y en torno a ella, rondan varias leyendas. Fue edificada en el 1205 por una comunidad cistercense. Asì llamados por los jueces de Torres por la conocida habilidad de restaurar humedales.

.. Y en Sindia..

Se levantó en una calzada romana, llamada posteriormente “s’istrada de sos Padres” (la calzada de los padres) porque la unía a la iglesia de Santa María de Corte en los campos de Sindia, ésta también cistercense. Se dice que fue habitada por monjes que vestían de blanco, practicantes de artes mágicas y alquimias que les permitieron acumular grandes riquezas. Por ello, la abadía, aunque fue abandonada a partir del siglo XV (fue escenario de homicidios), fue visitada a menudo por buscadores de tesoros, animados por los que hablaban acerca de las enormes fortunas escondidas en los meandros de la abadía… Muchos de esos, se cuenta, no volvieron nunca a casa, ya que se dice que las almas de los monjes que reposan en el territorio circundante protegían, y aún protegen, la abadía.

Algunos tramos de la construcción todavía están bien definidos. De otros, por contra, quedan pocos restos ya, aunque ayudan a hacerse una idea de su grandeza y magnificencia. La maleza crece libre y la sensación es intensa; la de un artefacto que vive profundamente aislado, fuera del tiempo, inmerso en un profundo silencio, lejano de las atenciones, casi una desatención tácita… A tramos, todas estas sensaciones, pueden despertar el temor típico que alberga lo desconocido, eso que se ignora y no se conoce ni se sabe…

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